De tanto ir y venir ya no sabía con claridad dónde estaba, pero sí a dónde iba.

Los caminos nos atraen, nos alejan y acercan, pero siempre nos alientan a caminar, a no perder la senda que es su ser-estar.

caminoA lo largo del camino nos preguntamos… ¿a dónde voy? o ¿qué hago yo aquí? y fraguamos una respuesta al ritmo de nuestros pasos. Invitamos al pensamiento a encontrar una justificación que nos ilumine y acomode el esfuerzo que hace nuestro cuerpo con una causa que le ajuste y le haga tomar la decisión de iniciar otro paso, el siguiente en la secuencia reiterativa -que no monótona- donde a cada momento surge, nuevo, un inicio que alcanza el fin para volver a empezar.

Pero, ¿cuánto tiempo nos acompaña este pensamiento en nuestro caminar? ¿Persiste y encuentra la deseada justificación? ¿Somos capaces de hallar la clave de la causa que nos impulsa, cual energía inagotable, a seguir la senda?
Más y más preguntas que hollan el suelo que pisamos y dejan, a modo de marcas, el rastro de nuestros pasos que el viento y el tiempo borran. Marcas que forman parte del camino y dejan surcos de nuestro paso como hitos levantados para asegurar una senda que no precisa de indicaciones.

Caminamos sin comprender qué es el caminar. Tomamos la senda y entonces, con mayor o menor acierto, descubrimos su transcurrir y disfrutamos su paseo. Paso a paso, llevamos nuestra consciencia sobre lo que en el camino acontece y presenciamos lo que a nuestro conocimiento se nos ofrece. Tomamos lo que nos llega a través de los sentidos y solo, después de un largo aprendizaje, descubrimos que formamos parte del camino, que ya estábamos ahí y tomamos conciencia de ello.

Nuestras vidas son los caminos y a ellas traemos todo lo que acontece a nuestro alrededor. Hacemos bello lo que belleza nos parece, dolor lo que sufrimiento, alegre lo que tomamos con júbilo y amor lo que hacemos con pasión.

 

Manuel Ortega

 

Huellas