Sumi-e significa pintura con tinta.

Su origen se remonta a la dinastía T’ang en China. Sus primeros maestros, que se han convertido en figuras de leyenda, fueron Wu Tao-tsen (700-760) y Wang-wei (698-759); pero este género se desarrolló, realmente, bajo la dinastía de los Song (929-1279), gracias a pintores de paisajes que intentaban expresar la vida espontánea, tal como podía ser sentida por el adepto al Zen. Lo más característico de las pinturas Sumi-e es su extremada desnudez, su ausencia de simetría y su absoluto desdén por toda forma de procedimiento o de ley.

Tinta negra sobre papel blanco, algo simple, elegante y sereno. 

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También conocido como Suiboku es una técnica de dibujo monocromático, en la que se utiliza un pincel con tinta negra sobre papel de arroz. La simplicidad es la característica más sobresaliente de la pintura Sumi-e. Una economía de trazos de pincel que se utilizan para comunicar la esencia de la materia.

Se ha de interiorizar el espíritu de aquello que se pinta, para que salga por sí mismo en el momento de coger el pincel. Para mantener el espíritu de Sumi-e es importante no hacer esbozos, debes mantener la imagen en la mente, disfrutar su belleza y pintar la memoria de ella en el lenguaje Sumi-e. El propósito del Sumi-e es el control de las molestas distracciones, el dominio de sí mismo y finalmente la liberación del talento interior, más auténtico, más perfecto y más feliz que cualquier cosa que se pueda conseguir con el intelecto.

La paciencia es esencial en la pintura Sumi-e. 

Equilibrio, ritmo y armonía son las cualidades que el artista se esfuerza en explorar en su interior mediante el desarrollo de la paciencia, la autodisciplina y la concentración.  No hay arte Sumi-e sin paciencia, porque únicamente con autodisciplina y concentración se podrá lograr equilibrio, ritmo y armonía de la composición.

El arte de la pintura Sumi-e apunta a captar la esencia del objeto, más que su apariencia, para pintar con el lenguaje del espíritu. El objetivo del pintor es utilizar el pincel tanto con vitalidad como con moderación. Constantemente se esfuerza por ser una mejor persona, porque su carácter y personalidad se expresan a través de su obra.

La Filosofía de la pintura Sumi-e es el contraste y la armonía, expresando la belleza simple y la elegancia. 

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El diagrama de Tai Chi demuestra el intercambio perfectamente equilibrado de las dos fuerzas que se oponen de forma dinámica del Universo, el punto representa la integración.

La pintura Sumi-e emplea estos principios de la vitalidad de la naturaleza en su diseño y ejecución. El equilibrio y la integración de estas fuerzas y la interacción eterna del Yin y el Yang son el objetivo final de la pintura Sumi-e.

El arte de la pintura Sumi-e pretende representar el espíritu, en lugar de la apariencia del objeto. En la creación de una imagen el artista debe captar el espíritu de la materia. La pintura Sumi-e intenta captar el Chi o “espíritu de vida” del sujeto, pintando en el lenguaje del espíritu.

Esta técnica de pintura minimalista (negro sobre blanco), que nació en China y se popularizó en Japón, suele estar vinculada a la meditación zen. 

El filósofo japonés Daisetz T. Suzuki mencionó las siguientes palabras que resultan sumamente acordes al enfoque que se desea abordar entre la técnica del Sumi-e y su relación con la concentración y superación personal: “El espíritu del Zen consiste en ir más allá de la conceptualización, y esto implica unirse al espíritu de la manera más íntima. Esto supone, a su vez, la infravaloración, en una cierta medida, de todo tipo de técnica. La idea podría expresarse mejor diciendo que el Zen contiene en sí mismo algo que evita toda destreza técnica sistematizada, pero debe ser de algún modo dominado a fin de llegar al más estrecho contacto posible con la Vida que todo lo genera, lo penetra y fortalece. La principal preocupación del artista japonés es entrar en íntima relación con esta Vida, con este Espíritu. Aun cuando haya adquirido el perfecto dominio de la técnica necesaria para su profesión, el artista no se detendrá en este punto, pues todavía se encuentra con una carencia; se halla aún bajo la esclavitud de las restricciones técnicas y del peso de la tradición; su genio creador se siente de alguna manera encarcelado, no alcanza la plenitud de su expresión. Ha empleado muchos años en cualificarse para su profesión como digno continuador de una tradición de brillantes maestros, pero sus obras están lejos de sus ideales, no fluyen dinámicamente con la Vida, es decir, no está satisfecho consigo mismo; ni es un creador, sino un imitador. Cuando el artista japonés llega a esta situación, acude, con frecuencia, a la puerta de un maestro y le ruega le conduzca al santuario interior del Zen. Cuando el Zen es comprendido, su espíritu se manifiesta bajo formas diversas: el pintor lo expresa en sus pinturas, el escultor en sus esculturas, el actor Noh en su danza, el maestro de té en la ceremonia del té, el jardinero en sus jardines, etc.” (1).

Cualquiera de estos caminos exige una dedicación de años y una entrega total. Por supuesto, no se trata de llegar a ningún fin, porque el anhelo de un fin ya es un impedimento; lo importante es el camino. Se han de manejar los materiales, se han de ensayar las posturas. Repetir, repetir y repetir los ejercicios hasta que las extremidades pierdan su torpeza y se liberen de sus limitaciones. Cometer errores una y otra vez, y aprender a soportarlos. Así, con el tiempo, la mente se libera del deseo de éxito, la mano se convierte en un transmisor instantáneo de las emociones, y se olvidan todas las lecciones, técnicas y trucos. Entonces se alcanza la maestría.

Se trata de una receta para pintar no solo con la mano, sino que además de la mano, con el corazón, la mente y el espíritu. 

shinichi_maruyamaNo hay duda que para eso el portador del pincel deberá ser muy instruido en todas las artes de la vida. Henri Brunel establece una analogía entre la pintura Sumi-e y la vida: ” La vida se parece a una pintura Sumi-e. No hay derecho al arrepentimiento. Si se quiere retocar un cuadro sumi-e, el trazo se convierte en mancha, el fresco, en embadurnamiento. Todo acto hecho es para la eternidad. El curso de nuestra vida nunca vuelve atrás, y la forma que a cada paso se dibuja no se borra” (2).

Hago mías las palabras del escritor Alex Pler que, profundizando sobre el tema en su blog, dice: “Nos pasamos media vida cogiendo el pincel con pulso vacilante, temerosos de posarlo sobre el papel, conscientes de que una vez terminado el cuadro, querremos retocarlo. No confiamos en nuestro talento y el miedo a actuar nos atenaza. Igual de paralizante (pero mucho más tentador) resulta recordar los errores y las acciones del pasado, querer cambiar ese pasado, desear haber tomado otro camino, ansiar haber dicho lo que se calló. Queriendo cambiar lo incambiable, nos olvidamos de admirar la belleza de la obra ya terminada.

Lo hecho, hecho está, y es hermoso. Todos nuestros cuadros son hermosos. En algunos detectaremos, sin duda, trazos indecisos, manchas que no deberían estar allí. Está bien que así sea. No somos maestros. Estamos practicando, acumulando experiencia. La vida es un entrenamiento contínuo. Esos trazos, esas manchas nos servirán para aprender de nuestros errores y coger el pincel con más fuerza la próxima vez” (3).

Es por ello que necesito seguir pintando, practicando, en definitiva, seguir viviendo.

  
(1). Daisetz T. Suzuki: ” Introducción al Budismo Zen”
(2). Henri Brunel “El Año Zen”
(3): http://alexpler.com
 
 
Manuel Ortega
 
 
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