Mirar sin mirar, oír sin oír, hablar sin hablar…  ser no ser.

La práctica continuada de zazen y las enseñanzas del kusen durante la misma dan forma, poco a poco, a una revisión del valor convencional de la realidad que nos va haciendo comprender el sentido que la negación tiene en el Zen y las, aparentes, contradicciones del mundo que nos dan a entender, sobretodo, que es imprescindible abrir los ojos cuando nos encontramos frente al espejo de la verdad, algo que ningún maestro sino nuestro propio zazen nos puede enseñar.

Desde un principio, durante el tiempo de la práctica en el zendo, advertimos la presencia de silencios donde cabía esperar palabras y también, aunque con menos frecuencia, de palabras donde esperábamos silencios. Comprendemos, entonces, que el silencio se pone de manifiesto en la ausencia de la palabra y se opone al lenguaje, ese designador de cosas físicas discernibles por la vista y el tacto, como si el mundo a que se refieren los signos del lenguaje que conforman el habla estuviera totalmente integrada por caballos, árboles, ríos, montañas  y cosas por el estilo.

Nos hacemos una representación mental del signo como algo visible, audible o tangible. Todos imaginamos oír las mismas palabras y ver o tocar los mismos símbolos. De esta manera nos hacemos copartícipes de un acuerdo común y es por eso que cada uno siente la misma necesidad de dar su opinión y exponer su yo, inyectando su propio lenguaje psíquico personal según su manifiesto apego a las cosas. ¡El convencionalismo de la lengua es, sin embargo, tan ficticio! Los signos y sus significados establecidos por el habla no dejan de pertenecer al mundo de los pensamientos y de ahí su arbitrariedad. Son producto de una invención impuesta como respuesta de la mente humana a una realidad en permanente cambio, no de una convención.

El silencio es parte fundamental del lenguaje humano.

Junto a la palabra (oral o escrita) y la expresión corporal (el gesto transmite ricos mensajes visuales, ese decir no diciendo del lenguaje gestual, cinestésico), proporcionan las bases de la comunicación interpersonal.

Parece contradictorio hablar, o escribir, sobre el silencio, porque lo cierto es que el silencio es algo que hay que experimentar. El silencio no es un ente sino una acción. Palabra y silencio se complementan en su semántica pues ambas son la consecuencia que surge de la intención y la no intención.

El silencio de alguien que simplemente calla, que mantiene un silencio no intencional, sin contraste, sin espera, es un silencio que no significa (hace referencia a la pereza, el dejarse ir, el no hacer, el ocio). No se significa nada no diciendo nada y no significando que se calla. El hecho de no decir nada no es ni siquiera un acto y no da a entender nada.

Al contrario, no hablar cuando se debería hablar es una forma de silencio intencional: la decisión activa de no actuar o de no hacer, de ponerse trabas o impedirse actuar. En este caso, el silencio no significa en sí mismo sino con relación a otro significante. Este tipo de silencio produce sentido de manera relativa, con relación a la palabra esperada, a la palabra que falta, es un silencio que se vuelve significante cuando se relaciona con el lenguaje.

¿Qué significa, entonces, que alguien, en un momento concreto, no diga nada? ¿Cómo interpretamos el no decir nada en ese caso determinado? Nos encontramos, pues, dos silencios: uno, antes de la palabra, es un querer decir; otro, después de la palabra, es un saber que no puede decirse lo único que valdría la pena decir.

Silencio es el nombre que damos no a algo que aparece, a un fenómeno, sino a algo que no aparece, a la no aparición o desaparición. Es un acto de inhibición voluntario que detiene la actividad manifiesta exteriormente. En la música occidental encontramos el término tacet utilizado para decir al instrumentista que debe permanecer en silencio durante el tiempo indicado. Este término, que viene del latín tacere, designa el acto voluntario de quien guarda silencio. De este modo, en una obra esencial en la historia de la música experimental del siglo XX, el compositor americano John Cage escribe una pieza para piano titulada 4’33, conocida también como la pieza silenciosa, en la que dirige la atención y, sobre todo, la intención del que escucha, para llevarlo hacia las resonancias, los relieves, las variaciones del mundo silenciosoLa sonoridad del silencio es el ruido de mi cuerpo que late en mi oído interno, dijo el compositor.

El uso del contraste entre el habla y el silencio, permite dar entidad objetiva y aún personal al silencio, utilizar el silencio como fuerza cósmica. Soy consciente de que el uso del habla y el sentido del silencio ofrecen matices diferenciales muy reveladores, pues otorga automáticamente al silencio connotaciones metafísicas y existenciales, viniendo así a ser la vaciometáfora de lo inefable o inexpresable.

Se utiliza el término silencio para designar, sin duda, algo que carece de término propio, que es de suyo indecible y cuyo sentido se pretende vislumbrar, pero jamás poseer. Cada vez que hablamos y cada vez que nos negamos a hablar nos vemos implicados en un acto de poder: el poder del silencio.

Para el Zen, en ningún momento el silencio adquiere mayor relieve que durante una sesshin. En el tiempo de la sesshin estar en silencio es estar callado, pero también es estar aquietado interiormente. Esto quiere decir que el discurso interior se detiene.

Hay una anécdota que nos hace sonreír, pero muestra con precisión el espíritu del Zen:
Japón, primera mitad del siglo XIV, durante el shogunato de los Ashikagaka. Un templo perdido en la montaña.
Cuatro monjes zen han decidido hacer una sesshin en silencio absoluto. El frío es intenso.
– “¡Se ha apagado la vela!”, dice el monje más joven.
– “¡No tienes que hablar! Estamos haciendo una sesshin de silencio total”, observa severamente un monje de más edad.
– “¡Por qué habláis en vez de callar como habíamos convenido!”, señala con humor el tercer monje.
– “¡Soy el único que no ha hablado!”, dice con satisfacción el cuarto monje.

Entramos en el perpetuo combate y compromiso entre el querer decir y el tener que callar del que habló Ortega. Mantener el eje del silencio significa entrar en el ámbito de la no manipulación. El meditador aprende a evitar quedar atrapado por la charla opresora de los habladores compulsivos. No siente la misma necesidad de dar su opinión y exponer su yo. Entonces, las distracciones se mantienen bajo mínimos para ayudar a que todos los miembros del grupo tengan un solo objetivo: armonizarse con los otros, volverse unidad, ser una sangha para ir juntos con todos los seres, más allá del más allá por la orilla del despertar.

El silencio como continuidad pone al descubierto a aquel que se ha liberado de su memoria, de sus gustos y emociones. Ese silencio es entonces centro; un centro que pone en cuestión el establecimiento de cualquier relación; un centro que ciertamente es olvido de sí. Se trata entonces de un silencio que se iguala al vacío, a la nada. Se puede hablar de él como del gran silencio, o como el sonido del silencio absoluto, más allá de todos los sonidos. Así aceptamos que hay un silencio más allá del silencio que significa un estado de total y perfecta quietud, en la que controlamos no sólo la facultad del habla sino también todo diálogo mental y el movimiento del cuerpo. Este es el primer silencio sentido, virtualmente lo que se conoce como el inefable estado de “samadhi absoluto“.  Aunque, de momento, dejemos las palabras y nos será bastante con mantener un silencio modesto.

Permite que el silencio te hable; 
permite luego que el silencio hable por ti. 
Y permite, finalmente, que el silencio 
sea nada más que silencio:
la verdadera voz de tu naturaleza original.

 
Manuel Ortega

 

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