Algunos días sólo, otros muchos.

Sentado en zazen en el Lugar de la nube preciosa (1): un pequeño dojo en una pequeña ciudad, de un pequeño país, de un ser que llamamos planeta Tierra, que gira alrededor del Sol, una de entre los cientos de miles de millones de seres que llamamos estrellas, que forman parte de otro ser al que llamamos Vía Láctea y que forma parte de otro conjunto de galaxias cuyo número es infinitamente mayor que la suma de los granos de arena de todas las playas de la Tierra.

Lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño es el mismo lugar.

Navegando por un océano de sueños, emociones y sentimientos, apoyados en fugaces percepciones, nadando entre creencias y visiones, refugiados en ideas, conceptos y teorías continuamente barridas por el viento de la impermanencia, ¿quiénes somos?

Zazen es entrar en contacto con la dimensión de la existencia  que está más allá de la suma de nuestros actos, de nuestras palabras, de nuestra personalidad, de nuestra historia, de las vicisitudes del mundo social, de nuestros pensamientos, es decir, de todo karma. Es entrar en contacto con aquello que no está condicionado y de lo que resultan todas las condiciones. Ninguna explicación lo alcanza. Ponerle palabras y conceptos es confundir y alejarse.

Zazen no es una práctica solitaria. Nada queda fuera. Es la vuelta de la consciencia personal a la conciencia cósmica. Esta práctica-realización, íntima, resuena con todo el universo. Ninguna gota de agua está sola.

Pero las palabras son palabras, y no pueden llegar.

Zazen es el mismo Lugar de la nube preciosa. Es devolver la gota de agua al océano. Y esa soledad o compañía numérica, solo un juego más del ego, una ilusión que se ilumina en el Lugar de la nube preciosa.

Zazen es entrar, con todos los seres y existencias, en esa corriente de unidad y armonía que expresa el poder cósmico en una diversidad infinita, que se manifiesta a cada momento y en cada cosa, más allá del ser-tiempo, iluminando y disolviendo los limites de ciclos, estructuras y conocimientos surgidos de una comprensión  conceptual de las cosas y no de la profunda experiencia existencial.

Cuidar este lugar y alentar esta práctica íntima del Universo en el Lugar de la nube preciosa, es permitir que toda la luz del Universo, por infinita que sea pueda reflejarse en cada gota de agua.

Nuestra práctica penetra toda niebla y desenmascara a dioses y budas.

Nuestra práctica traspasa culturas, traspasa las formas y el tiempo, traspasa escuelas y ritos, vistosas ceremonias y toda tendencia; ya sea que estas vengan avaladas por el peso y la contundencia de la tradición o tan aligeradas, incipientes y modernas que muevan aquello que nos parecía sólido.

Podemos vernos amablemente en los infinitos espejos y clarificar, agradecidos, nuestra mirada.

Nuestra práctica no es nada espectacular, dice un cercano y antiguo monje al que, sin papeles que certifiquen su evidente y silencioso despertar, alcanzó la nube del no saber, esa nube preciosa…

Por favor, encontremos el Lugar de la nube preciosa en todos los aspectos y formas de nuestras actividades, de nuestra existencia. Nuestra práctica del despertar silencioso, la única certificación.

(1) Taisen Deshimaru le puso al Dojo Zen de Sevilla el nombre de HO UM DO “Lugar de la Nube Preciosa”.

 
Juan A. Lorenzo
 
 
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