Ese continuo frenesí del ser humano actual en el mundo laboral, social y familiar, siempre volcado hacia afuera en una constante producción y consumo, preso en un circulo sin reposo y desconectado de su raíz interna, hace imprescindible encontrar un espacio de tranquilidad, no sólo para respirar, que es fundamental (sobre todo hacerlo adecuadamente), sino para verse aunque sea un momento sin las manos en la masa : quieto, sin hacer nada y sin tener nada en perspectiva. Una siesta del quehacer. Dejar de manosear la “realidad” con nuestra mente.

Un dojo zen (zendo) es un espacio interior y exterior vivo, vacío y abierto en el que conjuntamente con los demás practicantes, aspecto muy importante en cuanto que los otros facilitan el propio mirarse, así como a encontrar la propia soledad con la confianza en el grupo. Sin alabarse, condenarse o menospreciarse sino, levantándose y dando otro paso, seguir haciendo camino en el “andando” del ahora.

bodhisattvaSu vaciedad permite la quietud, muy necesaria para verse a sí mismo/a y no estar desperdigado mentalmente entre las fabricaciones, creaciones o fabulaciones: estar aquí.

En ese “verse“, abandonar y continuar, yendo más allá, nace la sabiduría tranquila. No como verdad superior, sino como liberación interior y superación de todo prejuicio que permite volverse disponible y realizar la compasión (empatía), que es el ideal del bodhisattva : hacer el mundo más habitable. Es la realización del verdadero ser humano que transmuta su corazón de piedra en uno de carne que nos impulsa con todo, más allá del más allá…

Esta transmutación es tan así, que el Maestro Deshimaru decía que si no nos gustaba la palabra “zen“, la podiamos cambiar por “vida“. Es en ese espacio interior y exterior donde se respeta la vida y ésta no se sacrifica en pro de ningún ideal, ya sea religioso, filosófico, político o personal (la “vía” es “sagrá“, se dice por aquí abajo).

Un zendo es donde, practicando la “Vía” (viviendo viablemente en el proceso de lo real) y profundizando en ella instante tras instante agarramos nuestro vivir con nuestras propias manos. No acentuando nada en detrimento de otro “algo“, no dándole forma a la mente.

Ahí sentado, quieto, apacible, respirando, co-existiendo con el latido de fondo de la vida ahora (viviendo), realizando que cada situación, circunstancia, idea o pensamiento es “si…pero también…“. No aupando nada, no coagulandonos y, así, viviendo, fluyendo en un mundo “donde habemos gentes pa´tó“.

Solo desde “ahí y ahora” podemos escuchar el sonido del mundo-el/lo otro- y no solo el nuestro.

No solo realizar el así de las cosas, sino la una en la otra: La sonrisa del Buda.

 

Alonso Taikai Ufano
 
 
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